De la vez que me pidieron un autógrafo y me negué

Acepto que cierta vergüenza me embarga por haberme negado a autografiar un libro.

En principio no supe explicarle a la joven mi negativa, solo me remití –torpemente-, a hacer eco de las palabras de mi personaje en «Nadie ama a los mediocres». Tanto él como yo, nos negamos a firmar sobre cualquier superficie. No porque nos tengamos en alta estima, todo lo contrario: somos tan comunes como los demás.

Una firma no le da más valor a la obra, solo es un acto artificioso de faranduleo, un derroche de tinta que nos aleja de los lectores haciéndoles creer que somos más especiales que ellos. ¡De ninguna manera es así! Debemos huir de esas pretensiones con la que algunos autores se envician. Un libro vale por lo que está escrito en él, no por los adornos que ostenta.

Lamento sinceramente no haber sido claro en este aspecto, y me dolería en el alma, que aquella joven, que se me acercó amablemente, se sintiera ofendida. Si fuese así, le extiendo mi más sentidas disculpas y prometo, que a la próxima vez, voy a explicarme un poquito mejor sobre este asunto para no perjudicar mi conciencia ni la buena voluntad de la gente. Y voy a firmar, y dedicar, todos los libros que ustedes quieran, siempre con mucha humildad e infinito agradecimiento.

Por último, los autorizo a que me revienten cruelmente el «globo», si alguna vez mis pies se despegan del suelo. ¡Estoy advertido!