UNO MÁS EN EL PUENTE

Entre el ciego que canta boleros en su silla de ruedas,  y el hombre de la balanza eléctrica que te pesa por veinte céntimos, se encuentra un joven escritor que peina canas por herencia, y que regala sonrisas que otros se las devuelven a su vez.

Llega a las once de la mañana o a las doce de la tarde; no importa la hora, sabe que llegará. En cada mano carga dos libros y los muestra a ambos extremos, a la vez que, con una voz poco «comercial», va ofreciendo sus ejemplares a cinco soles, al son de «Cuentos y relatos».

A veces se queda callado: un colega ambulante (la calle hermana a todos los semejantes), se acerca con un megáfono difundiendo la palabra de Dios. Propaga el miedo anunciando que el mundo se acaba y hay poco tiempo para arrepentirse. Aquel evangelista camina por la parte central del Puente Balta, dejando que su sonido se pierda entre el silbato del tren y el rumor de la gente que habla al unísono.

Al joven escritor le cuesta retomar sus llamadas, como le cuesta también, quitarse el tono molesto que todos los ambulantes usan: ése que alaaarga… y acorta-las-palabras. La gente pasa a su lado; pocos lo miran. La gran mayoría pasa cargando bolsas de todo tipo y tamaño, abstraídos en sus propios problemas: la cultura no es uno de ellos. Los que hacen contacto visual con él, saben que la curiosidad los atrae, pero no por eso se van a detener; seguirán su camino dibujando sonrisas que el autor interpretará como una gracia divina, esa gracia de la que los seres humanos poco ofrecen en nuestros días.

Otra vez tiene que callarse: el anciano que, con pandereta en mano y con el pie izquierdo tullido, canta mirando al suelo y contorsiona su cuerpo como poseído, no deja de captar la atención de la gente por su excentricidad; además no está solo, una mujer bien arropada lo contempla desde su silla de ruedas: ella recibe la caridad en un vaso plástico.

Cuando el anciano calla es hora de actuar. El joven escritor, carraspea un rato porque el frío entumeció sus cuerdas vocales o la saliva se le secó. En el ejercicio de calentar la garganta, hay que movilizarse porque unos hombres de chaleco y gorro azul caminan por el puente observando a ambos lados.

La primera vez que se le acercó uno de ellos (un municipal), no entendió por qué la señora que vende accesorios para celular, tuvo que recoger su mercadería a la volada y huir. Sin embargo, recuerda al hombre de azul: Cara gruesa de facciones rechonchas, ceño fruncido; bebe con sorbete su refresco en bolsa, y su mano izquierda se mantiene oculta atrás, en la espalda. Antes de que el municipal pronunciara alguna palabra, miró al joven desdeñosamente. Luego le increpó desde la otra vereda: «No puedes vender acá. Tienes que circular. Avanza.»

Al joven y desconocido escritor, no le quedó otra que hacer lo que le decía la «autoridad»; cierto era que le hubiera gustado preguntarle por qué lo botaban a él y al resto no, pero se contuvo; a veces hay que saber perder para ganar. El municipal se irá de un lado, al otro del puente, y a pesar de que vea que todos los ambulantes siguen en sus mismos puestos después de que los botan: se hará el cojudo. Ésa es la receta para mantenerse en su lugar, mientras que los hombres del chaleco azul siguen «cumpliendo con su deber».

Después de pasado el «peligro», continuará ofreciendo sus humildes libros. No, él no te va a seguir toda la calle como lo hacen los vendedores de caramelos que se ponen globos en el culo y en el pecho. No. El autor sabe que la gente está cansada del acoso; apela a que la curiosidad y la buena voluntad jueguen a su favor.

El primer hombre que se le acercó, cuando aún vendía su primera versión del libro (anillado de portada naranja), fue un anciano encorvado que cargaba dos pesadas bolsas. Antes de dejar los paquetes en el suelo y buscar su monedero, el anciano estiró el cuello tratando de leer el título de la obra: «Observaciones minúsculas». «¿Qué es?» Preguntó como todas las personas que se detendrán por curiosidad en el futuro. «Son cuentos y relatos contemporáneos» Contesta el joven escritor con nervios; es su primer contacto con el mundo real. Conversa un poco con el viejo que juzga que la literatura no debe ser vulgar, y exhorta al autor a tener en cuenta su consejo la próxima vez. El anciano se siente comprometido con el autor, quiere colaborar con él, pero ¡lástima!, no le sobran más que tres soles y el libro cuesta cinco. Por supuesto -y como ya se dijo-, al escritor no le importa perder, tiene muy clara su visión de la literatura y no piensa dejar escapar a un lector. El anciano le entrega sus tres monedas, el escritor le estrecha la mano y siente el calor fervoroso del agradecimiento en su pecho; no deja de repetirle «gracias, gracias…» hasta que el anciano, con sus pesados paquetes -al que se le ha sumado el libro-, se pierde entre la gente que lo atropella sin consideración.

Sí, el escritor está ahí parado en el puente con una sonrisa que no se le puede borrar, como si a un niño le hubieran prometido Disneyland y le hubieran cumplido con creces. Se guarda los tres soles en la secreta del pantalón; ahí guardará siempre esa monedas que han pasado tantas manos para llegar a él. El dinero ya no es un simple peso muerto, ahora tiene un valor distinto al económico.

Sigue ahí parado, mirando esos miles de rostros que pasan cada minuto. Se identifica con todos, todos son iguales a él hasta el loquito que no deja de balancearse y jugar con su pie derecho sin descanso.

Eligió el puente Balta porque por ahí pasan todos los que quieren ir a la Feria de Libros de Amazonas; era una posición estratégica. No se equivocó, esa ubicación lo iba a favorecer, pero el cálculo no era del todo exacto. Se dijo a sí mismo: «Si la gente compra libros, van a sentir la tentación de comprar el mío también.» Es lo más lógico, pero ya se sabemos que en Lima el razonamiento no es intrínseco a sus habitantes (comenzando por los políticos). Mientras la gente pasa a su lado con sus bolsas negras-cancerígenas, pocos son los que a pesar de llevar libros en manos, lo miran; es más: lo ignoran.

Llega la una de la tarde. El joven escritor ya puede oír el revoloteo de sus tripas pidiendo: ¡Aliméntame!, y la voz implorándole: ¡Descanso por Dios, descanso! Es tiempo de partir, pero antes mirará el cielo abierto de esta Lima gris, y contemplará un rato a los gallinazos que sobrevuelan el Parque de La Muralla sin decidirse a aterrizar. Los que ya aterrizaron -debajo del puente-, son los gallinazos de Ribeyro: recolectan lo que dejó a su paso «El niño», aprovechando que el río hablador ha entrado en cura de silencio quién sabe hasta cuándo.

La gente se moviliza rápido, mientras el joven escritor quiere ir lento, observarlos, conocerlos, reconocerse en ellos. Y también en este puente de «todas las sangres», donde él, es uno más.

Yadir G.
11 de junio de 2017

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