El secreto del séptimo sello de Ingmar Bergman

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Séptimo sello: la muerte y el caballero

Dirección y Guión: Ingmar Bergman
Suecia 1957
96 minutos

“Cuando el cordero abrió el séptimo sello, un silencio invadió por cerca media hora el cielo. Entonces, vi siete ángeles delante de Dios, y a ellos, les fueron dadas siete trompetas.” – Apocalipsis 8:1-2[1]. Con esta cita bíblica dicha por una voz en off, se apertura el film.

El caballero sin sonrisa

Antonious Block es un caballero, que junto a su fiel escudero Jons, después de diez años de luchar en las Cruzadas por Tierra Santa, regresan a su hogar. En el camino, Block, un hombre que se cuestiona la existencia de Dios y que desea conocer los arcanos del mundo, reta a la muerte a un juego de ajedrez. La muerte acepta, aclarándole que es impostergable que se lo lleve, a pesar de esto, Block, no le teme, está convencido que desde hace mucho tiempo –tal y como le confirma la muerte misma- lo viene siguiendo. Su cuerpo cansado, flagelado por el tiempo, le dicta que debe entregarse al manto de la muerte y darle paz; por otro lado su alma, le exhorta que no es tiempo, que antes de partir debería saciar su sed de conocimiento, pidiéndole a la muerte que si él llegará a ganar la partida (Block está seguro de hacerlo), le dé un lapso de tiempo para descubrir lo que su espíritu necesita: saber si hay Dios; la parca acepta. Así es como el ser humano despojado de sensibilidades innatas de su especie, como el miedo a lo desconocido (en este caso la muerte) toma la iniciativa de esconder dos piezas tras de sí, para que la muerte “a ojo cerrado” escoja el color de sus fichas. El negro, sin duda es el color representativo de la muerte, no sólo en la Europa desahuciada por la Peste Negra, que azota a la gente de mediados del Siglo XIV donde se ubica el desarrollo del film, sino de cualquier época y lugar del globo.

Block sabe que después de iniciada la partida, la muerte nunca lo abandonará y estará más descaradamente presente en su vida que en cualquier otra época. En la soledad de una capilla el caballero encontrará a un misterioso miembro de la iglesia, al otro lado del confesionario. Antonious le confiesa al “cura” que su corazón está vacío, que ver y ser partícipe de tanta violencia lo ha vuelto incrédulo a que exista Dios. Él no quiere oír historias de milagros o que otros le cuenten las experiencias con las que confirman que Dios existe. Lo que necesita Block es verlo él mismo, tocarlo, saber que es un cuerpo, una realidad, pero no encuentra nada que se lo compruebe. El personaje misterioso que está al otro lado del confesionario no es más que la muerte misma que oye atenta las preguntas que le inquietan. La muerte le pregunta al caballero por qué aceptó jugar con ella, y éste responde, qué por conocimiento, para saber si Dios existe; a lo que la muerte propone: ¿Y si no hubiera nada? Block queda sorprendido que la muerte sea su confesor. Le reclama su hábil en la que lo ha engañado, para que en pleno discurso de cuestiones existencialistas, el mismo Block le cuente su próxima estrategia en el juego. Es curioso ver como después que la parca abandona la sala, sin responderle nada y más bien, yéndose con un dato que decidirá la partida, Block mira sus manos y se dice a sí mismo: “Esta es mi mano, la puedo mover. La sangre pulsa en ella. El sol está alto en el cielo, y yo, Atonious Block, juego ajedrez con la muerte”. El breve monólogo termina y una sonrisa revitalizante se forma en su rostro. Se siente especial, único en la faz de la tierra; quién otro podría tener la suerte que corre él: ver a la muerte y retarla a duelo. Para él, Dios y la muerte no guardan ninguna relación son entes totalmente separados: de uno puede decir que lo ve, que sabe de su existencia, que es más real que todo lo que se ha podido decirse por siglos sobre el segundo.

La muerte le ha devuelto a Block la vida. Lo confirma con el encuentro que tiene con Jof, Mía y Mikael (Familia de cómicos ambulante). La casualidad los une. El caballero ve al pequeño Mikael jugando y no puede contener la alegría que le trasmite. Se acerca a Mía amablemente, simpatizando naturalmente con ella. Le confiesa que es un hombre que no tiene buena compañía en su viaje, pero no sé refiere a su escudero como cualquiera pensaría, sino a él mismo. Se desprecia a sí mismo, no se soporta. Pero de está amistad algo le quedará para siempre. Cuando Jof regresa de una taberna golpeado y humillado por ser confundido con Jonas Skat, su compañero, que ha escapado con la mujer de un herrero llamado PLog, se encuentra con Mía y Block. Conversan un poco, y amablemente, con lo poco que tienen (unas frutas silvestre y leche), Jof lo invita a merendar. El caballero se siente tocado por la amabilidad de su anfitrión y se empieza a acomodar otra escena notable de la película: El escudero y la mujer que rescató se sientan a merendar con Mía y Block, mientras que Jof desde atrás toca y canta para ellos.

En la penúltima escena, en que la muerte finalmente se los va a llevar, el caballero se muestra patético. Le pide a Dios una vez más que le dé más tiempo, que les regale una oportunidad, que los salve; una vez más: nada, ninguna respuesta del Señor. Es inevitable, la muerte debe cumplir su deber, el único deber que se le ha encomendado desde su existencia. Las plegarías son interrumpidas por el escudero que le exhorta que no servirá de nada arrepentirse de sus pecados; todo es en vano, es irremediable pedir indulgencia. El caballero no debería estar cuasi llorando, su postura debería ser solemne, necia como la del mismo escudero; “por lo menos debería sentir el triunfo” le dice éste.

La benévola muerte

Entre los contendores de la partida de ajedrez hay una similitud que trasciende; la muerte está aburrida, el juego le promete entretenerla, sacar de la rutina; block, el caballero, está aburrido del mundo, no hay algo que lo emocioné, busca respuesta y no las encuentra, lo único certero ha sido su encuentro con la muerte que lo vuelve un ser privilegiado.

Esta parca no es cruel, vengativa, ni irreflexiva, aunque sepa que su naturaleza se deba a su único trabajo. Es cautelosa con las respuestas que le ofrece al caballero. Block quiere el conocimiento del mundo, lo que se reduce (o maximiza) en revelar el secreto de la existencia de Dios, la muerte no tiene la respuesta, constantemente le responde que ella no sabe “nada”, lo que deja entrever que su silencio se puede deber a que, efectivamente, no tiene dicho conocimiento, o simplemente no tiene la autoridad para confirmar o desmentirlo; aunque en la capilla, como ya vinos, le reponda al caballero “¿Y, si no hubiera nada?”

La muerte no se presenta como un embaucador, más bien es un facilitador para Block; darle más tiempo de vida para solucionar sus problemas existenciales, es una suerte que sólo la podría conceder un ser benévolo.

El escudero ateo

Antonious, no está sólo en la (des)aventura de regreso a casa, su fiel escudero Jons, que yace dormido –aunque parezca muerto-, entre las piedras a las orillas del mar, lo acompaña. El guión dispuso que Jons, estuviera pernotando mientras su jefe hacía el trato con la muerte, de haber estado despierto el escudero no hubiera visto nada, sólo colegiría que su jefe se ha vuelto loco y que jugaba sólo al ajedrez. Jons carece de todo interés por el mundo, Dios, la vida o la muerte, lo confirma su encuentro con el artista que dibujaba en las paredes de una capilla escenas de la peste negra, así es como se presenta: “Soy el escudero Jons, desprecio a la muerte, me burlo de Dios, rio de mí mismo y sonrío para las mujeres. Mi mundo es mío, y yo solo creo en mí mismo.” Jons es claramente ateo confeso, aunque quedarán dudas sobre su escepticismo al ver las pinturas en la pared de lo que hace la peste negra a sus víctimas, le recorre un escalofrío que no se atreve a confesar, mucho menos a un extraño por miedo de menoscabar su integridad, sus creencias, la imagen que infunde a otros respeto, ese escudero altivo, digno.

En el camino se encuentran con un pueblo desolado por la peste. Jons se encamina en la búsqueda de agua, cuando se percata que en un granero hay un sujeto que roba las alhajas de los muertos. Se esconde. Una mujer entra a la escena y el ladrón la enfrenta excusándose, que sea eso por los tiempos que corren. Raval, el ladrón cerca a la mujer contra la puerta amenazándola que ni gritando Dios podría escucharla, está convencido que no hay nadie en la ciudad para socorrerla. La empuja dentro del granero, y se percata de la presencia fantasmagórica de Jons detrás de la misma puerta. El escudero, testigo silencio del acto, reconoce al ladrón, no era un simple ladrón, recuerda que él fue quien incentivo a su jefe a partir a la Cruzada por Tierra Santa, además le recuerda que Jons lo conoció como estudiante de teología, y ahora es un simple ladrón. Curiosa la conversión siniestra de este joven estudiante de teología. Lejos de afianzar su confianza en el Señor, se abandonó a la mundanidad y al caos. Se propone con este personaje, una suerte de humanización, similar al del caballero, que a pesar de todos los rezos que durante más de hora y media que dura la película, hará, no encontrará si quiera alguna señal de Dios. Jons amenaza a Raval con marcarlo para siempre si lo volvía a ver; lo que cumplirá más adelante por ser “hombre de palabra”.

El escudero salva a la mujer de ser violada por el ladrón y le recuerda a ésta que su misión en aquel pueblo era conseguir agua para su viaje; su salvación ha sido una cuestión de suerte, o quizás, del destino. Una vez llenada la cantimplora, y de saciar su propia sed, Jons se abalanza sobre la muchacha para besarla a la fuerza y es rechazado. No hallando otro plan para convencer a la bella muchacha para que lo acompañe en el camino a casa, le comenta que era casado, pero que a estas alturas daba a su mujer por muerta, víctima de la peste. La muchacha no se convence, siente desconfianza a pesar de que el escudero haya salvado su vida, tiene miedo, está sola, en ese desierto. Al percatarse de su indecisión Jons tiene que increparle que si no fuera por él, Raval, ya la habría violado, o por último si Raval no lo hacía, él mismo pudo haberlo hecho. Que poco se distancian el escudero y el ladrón con está artimaña, se vislumbrar en segundos el miedo de la mujer; si el caballero la abandonara, no tendría quién la cuide, y si fuera con el caballero tendría que ser su mujer por obligación, mínimo el tiempo que dure la llegada a su destino. Sea como fuera, la mujer debía encontrar algo de esperanza al lado del escudero; total, entre la soledad y la protección en un mundo donde gobierna el caos, lo natural es buscar refugió aunque sea condicionado. Ahora son tres los viajeros.

Los actores de Dios

Jof, Mía[2] y Jonas Skat, son un grupo de artistas errantes que montan sus escenas por cada pueblo que pasan. Actúan, cantan y bailan. Se dirigen a un gran festival donde esperan conseguir gran éxito. Jof es el núcleo de esta compañía, es malabarista, cantante y compositor, es un ser inocente, puro, ingenuo como un adán bíblico que no supo discernir entre el bien y el mal al quebrar la única regla que Dios le había impuesto: no comer la manzana. Está imagen de Adán se reafirma con lo bíblico de la primera escena donde aparece está (sagrada) familia. Jof despierta antes que Mía y Jonas Skat que aún duermen dentro de su carroza, que hace a su vez de dormitorio. Jof, el malabarista siempre tiene un sonrisa en el rostro, como si cada día fuera mejor que el anterior, como si nada en el mundo estuviera mal, como si todo fuera felicidad porque tiene a su esposa a su lado, Mía, y a su pequeño hijo de año y medio, Mikael, que duerme en una pequeña hamaca improvisada colgada del techo de su carruaje. Entre piruetas, a modo de estiramiento, Jof se conecta con la naturaleza y le da los buenos días al mundo, inclusive a su caballo. Mientras hace unos malabares con unas manzanas bajo un gran árbol (bastante simbólicos estos elementos bíblicos), tiene una visión, frente a él la Virgen María le enseña a caminar a un niño desnudo, un niño de la misma edad que su hijo Mikael. Corre a despertar a Mía para contarle lo que acaba de ver. La mujer oye, con cariño y atención, como Jof le cuenta absorto su visión de la Virgen María y el niño dándole formas poéticas a su narración. Su esposa es una mujer, alegre, cariñosa, pura y un tanto ingenua como él; la pareja perfecta: Adán y Eva, sin pecado original. Mía quisiera creer en las visiones de Jof, pero han sido tantas historias, y ninguna que ella pueda certificar, que para ella son parte de la imaginación del malabarista, sólo una fantasía. Hay diálogos que develan la naturaleza de Mía y Jof. Ambos recostados en el árbol conversan. Jof, le cuenta a Mía que toda la noche no ha dormido porque inventó una canción y quiere cantársela. La esposa le pide que lo haga. Jof comienza su cántico religioso, esperanzador.

“Hay una paloma en la rama de un lirio,
en medio de la estación de verano.
Ella canta una canción sobre Jesús Cristo.
Alegría en el cielo como lirio blanco…”

Interrumpe su cantar, al percatarse que Mía duerme entre sus brazos. La sacude levemente para despertarla. Ella le confirma que lo escuchó y que la canción es linda. Jof, le hace saber que no ha terminado la canción, pero ella le pide que la deje descansar un poco más, a lo que Jof responde “Estás siempre durmiendo”. A lo que Mía pudo haber contestado “Y tú, siempre despierto y soñando”[3].

Previa a esta conversación se da otra mucho más interesante que nos da el bosquejo sobre cómo quiere presentar el guionista al trio conformado por Jof, Mía y Mikael, exceptuando a Jonas Skat del cual hablaremos luego. Se nos presentan como el molde de la familia perfecta… La familia santa. Como una trinidad que simboliza la fe de salvación en el mundo, donde aún hay esperanzas de encontrar amor puro, noble, entre los humanos. Mikael es puesto como el salvador, y es dotado por la imaginación de su padre con poderes místicos con el anhelo de que él pueda ser mejor que ellos. Claro está que con ese “mejor que ellos” se refieren a encontrar un casa estable en donde vivir, tener una economía holgada y una profesión más ilustre que la de cómicos ambulantes; entendiendo así que su mejora estará a base de sus bienes materiales, porque los espirituales esperan ser heredados por Mikael.

Quiero que Mikael tenga una vida mejor. Será un acróbata o un malabarista que hace un truco imposible, dice Jof. ¿Cómo cuál?, pregunta Mía. Parar una bola en el aire, responde. Eso es imposible, interpela la mujer. (Imposible) Para nosotros, no para él. Así sella y sacramenta el diálogo Jof.

A Mikael se le atribuyen fuerzas sobrenaturales, celestiales, como un ángel, o más bien como un pequeño Jesús. Este niño será el símbolo de esperanza para esta pareja, esperanza de huir de la muerte y conservar su alegría intacta a pesar de saber que la muerte merodea por todo el territorio.

Una escena conmovedoramente poética es cuando Mía le pide a Jof que se quede quieto, mientras el sigue haciendo malabares con las manzanas. En un primer plano está él, con cara de bobo, abstraído en sus malabares, las manzanas suben y bajan con los movimientos de sus manos; Mía está atrás sentada en el gran árbol, mirándolo con ternura como cuando se reconoce en un niño su astucia sin malicia. Mía Lo pide con dulzura, con amabilidad, pero él no se detiene, no por arrogancia, porque ese primer plano nos permite ver siempre su sonrisa como si no le importará el mundo, ni la peste, ni nada de lo que pueda pasar más adelante, no se detiene porque ama ser actor, malabarista, cantante, cómico, disfrutas de su arte, vive de él, vive por él. Mía lo sabe, pero requiere un poco de su atención, el sol resplandece para los dos y se sienten dichosos. Mía sabe que hay dos palabras que harían detenerse a Jof, sabe que es la clave más mágica que puede existir para dos enamorados, sabe que si la pronuncia, las manos de Jof se detendrán, su respiración se agitará y el mundo se paralizara para inmortalizar el momento. Entonces lo deja escapar de sus labios: “Te amo…”, el tono es tan suave, tan angelical que detiene a Jof, al actor que lo encarna, a la gente de producción y a los espectadores. El malabarista se detiene, mira absorto el cielo, como si hubiera recibido una bendición divina que le confirmará que los ángeles existen, sus ojos se congelan, no pestañea, las palabras recorren su alma con fuerza, tarda poco en convencerse que es verdad lo que ha escuchado, voltea para encontrarse a su amada, que lo mira contemplativamente, admirándolo, amando su bondad y sus sueños, a pesar de que ella crea que son ilusiones, es prometedora esa mirada, es cómplice, es diáfana, es eterna…

Esas dos palabras forman una oración gramaticalmente corta, pero de una profunda titánica, tan humanamente íntima e histórica. La escena, sin miedo de caer en la cursilería barata, es hermosa. Es el punto culminante que desearía cualquier ser humano para su vida, luego de eso bastaría con morir para perpetuar ese gozo.

La serpiente encantadora, el herrero y su esposa infiel

Entre los cómicos ambulantes, Jonas Skat, el autoproclamado director de la compañía es el más avivado de los tres. Es todo lo opuesto a Jof, es seductor, aprovechado, codicioso; representa los antivalores y si quisiéramos interpretar la escena bíblica de Adán y Eva en el edén frente al árbol del conocimiento, él sería la serpiente.

Jonas, Jof y Mía montan un acto en un pueblo por donde aún no ha llegado la peste negra. Mientras toca en el escenario, dirige una mirada picara a Lisa, la esposa de un herrero de gran tamño y peso, llamado Plog. Bastó que desde el escenario, Jonas le haga señas a Lisa para convencerla rápidamente de que escape de su esposo y la espere detrás del escenario improvisado. Skat se retira del acto dejando a Jof y Mía interpretar otros papeles y proseguir con el show. Lisa, a la que Jonas conoce con el nombre de Kunegunda[4] (A mi parecer, una evocación Volteriana de bergman), se acerca al actor y consuman el acto entre unos arbustos cercanos. Desde ese momento Skat desaparece con “la infiel Lisa” como la llama Plog, su esposo, para luego ser encontrados por el mismo herrero después de unirse a la caravana compuesta por un lado los acompañantes del caballero y por el otro, la familia de Jof. Plog, el herrero intentará matar a Jonas Skat, pero antes ambos se enfrentarán verbalmente. Jonas es hábil con los insultos, rápido, astuto, mientras que el herrero necesitará la ayuda el escudero Jons, porque su lenguaje es limitado. Sin darse cuenta, Lisa regresa al lado de PLog; repentinamente se ha vuelto a enamorar del herrero, o se ha dado cuenta que si no está de su lado será asesinada, aunque el herrero están pasivo como el cándido de Voltaire, lo que queda demostrado en la escena donde le tiende la mano a Jof –y hasta lo quiere abrazar- para pedirle disculpas por atacarlo pensando que era él el actor que se había llevado a su esposa. Finalmente por el buen corazón de Plog, Lisa es perdonada y ahora las cosas van a volver a su lugar; excepto por Jonas, que ya no tiene espacio para andar con ellos y ha fingido su propia muerte para calmar las aguas. Jonas realmente desaparecerá a manos de la muerte, que está vez sí es arbitraría y vengativa; le está cobrando a Jonas Skart sus malas acciones, fue una manera de dejarlo sin lugar dentro de la película. La muerte de Jonas, en todo caso no está justificada, sólo la misma parca sabe porque se lo lleva. Dejan al director de la compañía fuera de juego también se va purificando, limpiando el camino para el final.

Bergman absuelve la duda del caballero

Finalmente, luego de la tempestad llega la calma. La imagen de la joven rescatada por Jons el escudero, fundiéndose con la de Mía, la esposa del malabarista, nos traspasa de la muerte a la vida, de la resignación a la esperanza. Mía despierta antes que Jof, asoma la cabeza fuera del carruaje descubriendo un hermoso día soleado. Quiere que Jof sea parte instantánea de esa primera impresión, lo samaquea para despertarlo, y entonces el actor descubre con alegría un nuevo día. La familia se ha salvado, lograron escapar de la muerte; quien sabe si gracias a Block el caballero por mover todas las fichas del tablero de ajedrez para confundir a la muerte mientras huían los tres, o porque aún no estaban en la lista de la muerte.

El texto bíblico del apocalipsis, donde el último ángel toca la séptima trompeta anuncia la llegada de Dios y su reino a la tierra. Tocó el séptimo ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: «Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos». Apocalipsis 11:15. Y continúan los versículos 18 y 19 así: Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu ira y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra. Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos y fragor y truenos y temblor en la tierra y fuerte granizada[5].

Estás citas, no son una propaganda religiosa fortuita[6]. Si la película se abre con Apocalipsis 8:1-2, entonces la respuesta para el desenlace final está en los versículos que acabo de reproducir. Desde el caballero hasta la esposa del herrero, todos guardaban dudas en su corazón, de una u otra manera dudaban de la existencia de Dios, mientras que Jof, Mía y Makael (José, María y Jesús) fueron uno de los siervos marcados por los ángeles[7], viéndose recompensados con la materialización de la promesa de Dios: salvarlos de la peste; darles más tiempo de vida y prosperidad.

Bergman le responde al caballero, únicamente después de su muerte: Dios existe.

[1] Cita bíblica con la que arranca la película

[2] Jof y Mía en la versión española son José y María.

[3] Esta respuesta sólo es parte de mi imaginación querido lector.

[4] En Cándido o el optimismo, el protagonista busca a su amada Cunegunda por todo el mundo.

[5] Apocalipsis 11:18-19

[6] Soy agnóstico

[7] «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios». Apocalipsis 7:3.

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