La paz es cuestión de muerte

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El avión de aerolíneas Mal… fue alcanzado al promediar las tres de la tarde por un misil en una zona en conflicto. Los 298 pasajeros que abordaron el avión no tenían manera de imaginar que el cielo azul que surcaban con toda normalidad se convertiría en el infierno rojo de sangre y fuego que acabaría con sus vidas. Servicio de inteligencia de los países en conflicto hicieron un alto al fuego para tratar de averiguar quiénes eran los que estaban tras lo sucedido con el vuelo y tomar represalias sobre el asunto; ambos países querían deslindarse del problema y mantener su imagen internacional. Desde la casa blanca se hizo el llamado a ambos estados para que no tocaran nada de la escena y obligaran a los vecinos a dar sus declaraciones. La ONU también se puso en acción ni bien se supo la noticia. Todo el mundo quedó dolido por este accidente, nadie creyó poder justificar esta catástrofe natural, natural porque proviene del ser humano, aunque a estas alturas ya no sepamos bien, qué es ser humano. Los primeros diarios internacionales tuvieron acceso a poca información, sin confirmar, como por ejemplo que el ataque habría sido ejecutado por un grupo terrorista, o que, la intención de estos terroristas no era derribar este avión sino el vuelo donde viaja el presidente de la nación enemiga con la que están en guerra, guerra que nadie sabía a ciencia cierta cómo era que había comenzado o por qué. El grupo terrorista acusado de la masacre reaccionó de inmediato enviando un comunicado a las cadenas de prensa internacional desligándose de cualquier responsabilidad con el agravio; lo cierto es que el mundo estaba conmocionado y la carrera por encontrar responsables había comenzado.

Los ciudadanos de un pueblo limítrofe entre ambos bandos fueron los testigos directos del atentando. Después del sonoro estallido del avión, los pobladores se vieron atacados por una lluvia siniestra -como salida de una película del gore más morboso- por pedazos de cuerpos humanos y partes de la propia nave que no se habían desintegrado con el impacto. Una mujer de esta población comentó en los medios locales, que en su pequeña casa, donde la sala, cocina y habitación comparten un mismo espacio sin separación, tres pedazos de cuerpos humano cayeron; uno en la cocina, otro en la parte que pertenece a la habitación y el último en el baño que se encontraba fuera de su hogar, que era más bien un silo tapado con material noble, además de algunas partes del avión que estaban esparcidas en su pequeño huerto de tubérculos. Al dar su declaración a los diarios también habría contado que al ver la escena tuvo que tomar valor y recoger los cuerpos, ella no sabía que habían dado una orden en los dos estados y desde Estados Unidos para que nadie moviera la escena, simplemente la mujer estaba horrorizada y lo primero que hizo fue tomar aquellos pedazos envolverlos en mantas y llevarlos al centro de la ciudad, sin embargo esta mujer omitió un detalle, un detalle transcendental para el ser humano y lo que se va a contar a continuación es ese secreto que guardaba en casa.

*

En la ciudad todos se sorprendieron al verla llegar, Eva no se dejaba ver por los pobladores fácilmente, desde el año del asesinato de su esposo se había vuelto mucho más ermitaña que cuando aún vivía su marido. La puerta de la alcaldía estaba abarrotada de gente que gritaba, lloraba y estaba confundida por los sucesos. La mujer irrumpió entre ellos y explicó que en su camioneta tenía algunos pedazos cuerpos que habían caído como “lluvia del infierno”, explicó al alcalde que estaba tan nerviosa y confundida que no pudo esperar que alguien llegara a su casa para levantar los miembros, además ella había cortado su conexión con el mundo, no leyendo los periódicos, no teniendo televisor y sólo prendiendo el radio de vez en cuando únicamente para oír música de su tierra natal, de esa tierra que le recordaba tanto a su difunto esposo enterrado cerca de su pequeño huerto. El alcalde salió abriéndose paso entre el tumulto de gente con rumbo a la vieja camioneta roja de Eva para verificar lo que la mujer le decía, cuando abrió el manto que cubría los cuerpos calcinados la gente lanzó alaridos, chillidos y hasta uno que otro tuvo arcadas o vómito. De inmediato el funcionario llamó a la seguridad de la propia alcaldía y unos cuantos policías que rondaban el lugar para que lo ayudaran a encargarse de los cuerpos. Eva al encontrar su carro desocupado, se dirigió a la cabina de su carro para regresar a casa cuando fue atajada por el alcalde que le dijo que por favor le dé toda la información que pudiera a los militares que seguramente pronto irían a hablarle, que esta vez haga un esfuerzo enorme para controlarse y poder colaborar. El alcalde sabía muy bien lo que decía, para cuando asesinaron al marido de Eva, ella no quiso abrirles la puerta a los peritos, ni dio declaraciones, sólo lloraba desconsoladamente y le pedía a todos los intrusos que simplemente se largaran que no quería ver a nadie pisar su casa, ni darle el pésame, ni abrazarla, sintió un profundo deseo de alejarse de la humanidad y eso fue lo que hizo. Durante varios días tuvo a varios religiosos tocando su puerta, desde los párrocos de la iglesia católica hasta los mormones. Nunca le abrió a ninguno siempre los veía parados diez o quince minutos tras su puerta, desde una pequeña abertura de su casa podía observarlos con sus rosarios en la mano o con sus biblias entreabiertas seguro en algún pasaje que querrían hacerle escuchar, hasta muchas veces vio cómo se arrodillaban en su pequeña entrada de tierra y piedras a rezar tocando su puerta con la palma de las manos, como tratando de hacerla abrir por voluntad divina.

Nadie se percató en qué momento Eva se había marchado, todos estaban persiguiendo los cuerpos con la vista, haciendo conjeturas sobre lo sucedido o corriendo de regresó a sus casas por miedo a que el “apocalipsis” los encuentre ahí, sin velas, ni santos a quien rezar. En camino a casa, no dejaba de pensar en lo horroroso que había sido la escena para ella, pero sobre todo se extrañaba de haber visto a gente que en otra época fueron amigos cercanos y hoy ni siquiera la reconozcan, ni le pregunten por su salud, sentía que esas personas seguían siendo las mismas, inmutables, y que ella era otra desde hace dos años desde la partida de su esposo. Ver a toda esa gente correr y gritar de aquí para allá espantados por los que les había tocado vivir, le hizo creer que los alejaría un poco del morbo, pero por el contrario a pesar de ver que la gente sollozaba trataban de abrirse paso entre todos los chismosos para poder ver algo de los cuerpos. Su esposo había sido su nexo con el mundo, sin él, nada tenía importancia. Los vecinos que presenciaron el asesinato de su amado fueron únicamente espectadores de la escena de una película de terror no filmada, no recordada por algunos, pero para ella significó una marca tan grande como la propia alegría en sus mejores épocas. Eva recuerda que los “amigos” que fueron testigos de la masacre, al ver que no les iba a abrir su puerta nunca más, gritaron por las ventanas que perdonara su cobardía que no habrían sabido que hacer, que tuvieron miedo de morir también, que eran “seres humanos” y que por favor “los comprenda”. Aquella vez dejaron una pequeña carta debajo de la puerta, carta que Eva nunca abriría porque no hay fórmula para revivir un ser querido.

*

Los cuerpos que cayeron con tanta violencia y que gracias a Dios no la golpearon, la asustaron tanto que salió corriendo de su casa en dirección al río que estaba a pocos metros. Sin darse mucha cuenta en el camino tropezaba con partes irreconocibles del avión y con sus vacas mugiendo bulliciosamente; estaban asustadas igual que ella. Todo fue tan rápido que cuando llego al río recién se percató de unos sonidos, que parecían ser lamentos a su alrededor. A unos pasos del agua Eva volvió a oír el gemido con mucha más fuerza, retrocedió hasta el árbol más próximo, alzó la mirada y pudo divisar un gran bulto que colgaba entre las ramas. Su corazón se aceleró a mil, no podía dar crédito a lo que veía, creyó que estaba en un estado de shock post traumático después de ver a los cuerpos en su casa, pero no, era real lo que veía; una mujer desnuda con rastros de quemadura y sangrando yacía sobre el árbol.

Viéndose en esta situación, se puso muy nerviosa, lo que le hizo pensar en ir por ayuda y regresar por aquella mujer, sin embargo algo la empujó a subirse rápidamente al árbol sin tener el menor cuidado en lastimarse ella misma para poder auxiliar a la mujer. Cuando llegó a ella, que estaba a unos tres metros del suelo, la encontró llorando con las pocas fuerzas que tenía, con los ojos desorbitados y con quemaduras leves, oliendo a carne asada y casi calva. La tomó con cuidado y la mujer gritaba con mucha fuerza, tanto que Eva se encontraba aturdida y le hablaba para tranquilizarla, le pedía que colaborara para poder bajarla, quizás si la mujer no se hubiera movido un poco por propia voluntad, Eva no hubiera podido cargarla sola y habría tenido que dejarla suspendida e ir por ayuda. Juntas hicieron un esfuerzo enorme por descender hasta que una vez en el suelo las dos cayeron agotadas; ambas con la respiración acelerada y mojadas de sudor. Después de ese breve descanso, Eva tomó a la mujer por los brazos y la cargó en su espalda; la casa no estaba muy lejos de ahí aun así le tomó mucho esfuerzo. En el camino Eva oía los lamentos de la mujer, y aunque no alcanzaba a entender bien lo que decía, pudo captar que se refería a su familia, balbuceaba nombres, mientras lloraba y el peso para ella se volvía más doloroso.

En casa, Eva tumbó en su única cama a la mujer, trato de hacerlo suavemente, pero las fuerzas no le daban para ser delicada, por lo que la mujer al caer se quejó fuertemente por las quemaduras. Eva le dijo a la mujer que debería buscar a un médico, que era mejor llevarla a un hospital, pero la mujer se puso histérica, lloraba, pataleaba, golpeaba la pared con las pocas fuerzas que le quedaban y le rogaba de mil formas que por nada del mundo la lleve, no quería ver a nadie excepto a ella que con tan buen corazón la socorrió, además dijo que si en 20 minutos ya estaba muerta, por favor la tirará al río donde debió caer y que dejé que la corriente la arrastre al olvido nuevamente. Eva insistía en la medicina, en los doctores, pero ella se ponía más eufórica y le exigía que le dé su palabra, que no iba a llamar a doctores ni a nadie si es que se desmayaba o moría. Eva, no tuvo opción, aceptó. La mujer echó un vistazo con los ojos entrecerrados a la casa, y pudo ver la situación precaria en la que vivía Eva. En el piso de la cocina vio un pedazo de brazo y se horrorizo, gritaba frenéticamente y Eva no sabía cómo callarla. Trato de tranquilizarla tapando los cuerpos con lo que encontró más cercano a ella, le tiró un polo a uno, y al otro una frazada. La mujer se jalaba los cabellos para cuando Eva regreso a su lado, la abrazó sin poder decirle nada más que “calma, calma, ya pasó, ya pasó”. Nada era tan humano y tan falso en ese momento para la mujer, decir, “calma” y “ya pasó”, tenía y no tenía sentido, era como todo y nada, era como estar viva sin saber por qué.

Al tranquilizarse un poco la mujer, volvió a la razón y le hizo recordar que nunca más quería ver a nadie. Eva le dijo que deberían hacer algo con los cuerpos, porque esta tragedia definitivamente iba a traer policías o por lo menos al alcalde para investigar, así que no había otra manera de cumplir su promesa más que llevar los cuerpos a la ciudad para que se hagan cargo de ellos ahí y excusarse de haber movido algo a causa de su nerviosismo. La mujer tardó unos minutos en decidirse, mientras sollozaba sopesaba el plan de Eva de deshacerse de los cuerpos para que su palabra sea cumplida. Finalmente aceptó, pero le preguntó qué debía hacer si es que alguien se acercaba a su casa, ella le contestó que desde hace dos años la única “visita” que recibe, y muy corta, es la del señor que le compra la leche de sus vacas para venderla en la ciudad, y que éste no venía seguramente hasta mañana, además, ella nunca le daba permiso de entrar a su casa, lo atendía en el huerto.

*

Después de dejar los cuerpos en la alcaldía, Eva se dedicó a tratar de sanar las heridas de la mujer, ésta se retorcía, aunque sus heridas no eran tan graves, un poco de ungüento que guardaba la ayudarían a sanar pronto. El dolor de la mujer era otro, no era de la piel, sino del alma. Mientras la curaba, Eva la examinaba, en su cuerpo no encontraba muchas llagas, era muy extraño, su cabello había sido el más afectado, y no comprendía por qué. Cómo era posible caer de tanta altura y no tener tantas quemaduras o contusiones, cómo era posible que sólo de parte de su cabello desaparezca y que esta mujer esté viva.

-Un milagro –Susurró Eva sin darse cuenta que lo que dijo se hizo perceptible.
-Sí, inexplicable. – Dijo la mujer débilmente- Tan inexplicable como este dolor que siento en mi corazón. Quizás ningún miembro de mi familia este vivo o fuera tocado… (Tosió) por un milagro como este.
-Hay cosas que no podemos explicar. –Dijo Eva, luego se levantó para cambiar el agua de la cubeta con la que estaba curando las heridas de la mujer.

Eva estaba junto a la puerta dispuesta a salir al río para traer más agua, pero oyó que se acercaban vehículos, no recodaba como se escuchaban esos motores desde hace dos años. A la muerte de su marido, como contó Eva, su única visita era el lechero, y éste sólo llegaba en su triciclo lleno de botellas vacías.

-Escuchó carros muy cerca, y aquí nadie me visita–Le dijo Eva a la mujer.
-No por favor, no… tengo miedo… -le imploraba la mujer- por favor, haz que se vayan, ocúltame, no… no…

Eva pensó que definitivamente debían ser los hombres que venían a investigar la situación a su casa y alrededores. Su casa era pequeña para suponer que la podía ocultar en un rincón, todo el lugar era un solo cuadrante y lo único que estaba fuera de sitio era el baño, que estaba a unos dos metros de la casa. No tenía dónde ocultarla y le propuso taparla ahí mismo en la cama y decirle a los agentes que la mujer era su hija que estaba durmiendo luego de darle un calmante fuerte para que se tranquilizara. Pronto los soldados estaban tocando su puerta. Eva abrió.

-Señora, buenas tardes, somos soldados del estado, nos enteramos que aquí cayeron cuerpos del lamentable accidente del avión derribado. – Dijo un soldado que mostraba su cara con un pasamontañas que le daba hasta la frente, mientras que lo acompañaban los tenían cubriéndose el rostro.
-Sí, señor aquí cayeron – Y fue abriendo suavemente la puerta.
-Señora disculpe que mis soldados tengan el pasamontañas lo que sucede es que no queremos exhalar ese humo que ronda en el aire y como salimos muy rápido del cuartel, no pudimos traer las máscaras antigases que seguramente nos ayudarían en estos casos. –Explicó el soldado esbozando una sonrisa al ver que Eva tenía desconfianza de abrirles la puerta.

Finalmente pasaron, y lo primero que hizo el soldado es fijarse en la cama. Eva les dijo lo que habían acordado con la mujer: que era su hija y que le tuvo que dar una pastilla para calmarla por lo que se quedó dormida. El soldado asintió con la cabeza dando conformidad a la respuesta de la señora, por lo que inspeccionó con la vista lo que restaba del pequeño lugar. Le preguntó por qué había movido la escena y a dónde había llevado la evidencia. Eva le contó cómo habían sucedido las cosas y el soldado no tuvo más que aceptar su versión. Aún estaban las manchas de sangre, mescladas con el fuerte olor a quemado en la casa y los agujeros en los techos. Al no encontrar nada el soldado le dijo a la señora que ellos se iban a encargar de recoger los restos del avión y que tuviera un poco de calma, que ellos tampoco manejaban información oficial por lo que no podían divulgar lo que sabían hasta el momento sobre lo sucedido. Eva los acompaño al huerto donde ya algunos soldados con pasamontañas y metralletas al hombro estaban levantando los escombros. No demoraron más de 10 minutos en recoger todo, se veían muy apurados y se daban indicaciones mientras susurraban que necesitaban subir todo antes de que llegara alguien. Eva no comprendió nada de la situación, pero lo único que quería era que acaben rápido para regresar a curar a la mujer. Los soldados subieron todo a una camioneta negra y se despidieron de Eva, dándole las gracias y aconsejándole que también debiera tomar algo para los nervios y dormir un poco para relajarse; “después de esto tengo miedo dormir” sentenció Eva.

*

Los motores se oían poco a la distancia. Los soldados ya estarían lejos de ellas en los momentos que Eva regresó a casa y le avisó a la mujer que ya todos se habían ido. La mujer se demoró mucho en voltear hacía Eva, estaba como ida, perdida en sus pensamientos, sollozando. Eva extendió su mano hasta sus cabellos y la acarició suavemente, no faltó mucho para que sus propios ojos se cristalizaran y deje escapar una lágrima caer por sus mejillas.

-No quiero ver a un ser humano nunca más –Dijo la mujer con solemnidad-. Todos, menos usted, son malos, han nacido para hacer el mal, sino cómo se explica el atentado, cómo que mi familia haya muerto. Por qué el ser humano viene con maldad en su corazón.
-¿Te gustaría rezar conmigo? – Preguntó Eva, luego de unos breves minutos de silencio.
-No sé para qué me serviría hacerlo –Dijo la mujer girando suavemente y notando que el rostro de Eva estaba mojado por las lágrimas.
-Sí, yo tampoco no sé por qué quiero hacerlo, hace dos años mataron a mi marido a pocos metros de mi casa, algunas personas del pueblo vieron la masacre y no hicieron nada para detenerla. ¿Y Dios todo poderoso? Desde esos años no rezo, no tengo santos en casa, ni pido nada a nadie. Vivo sola, retirada de la presencia de todo ser humano, excepto del lechero que era un viejo amigo de la infancia y que siempre fue bueno conmigo, pero ni por eso me detengo mucho a conversarle, nuestra relación es estrictamente laboral y de ahí no pasa. He olvidado con el tiempo que son las relaciones fraternales. No tengo familiares, al único ser humano que tenía en el mundo era a mi esposo, y desde el 25 de diciembre de hace dos años atrás ya no lo tengo. Eva se detuvo súbitamente al darse cuenta que no debía hablar de su dolor personal, aquella mujer que estaba a su lado la podía comprender mejor que nadie en el mundo en aquel momento, pero Eva debía entender que su dolor estaba demasiado fresco.
-Perdóname, yo no debí hablar… -Dijo Eva.
-No… no… mi familia… mi familia. – Un nuevo ataque nervioso le sobrevino a la mujer. Eva trato de calmarla, le dio de beber un poco de agua, y lentamente fue conservando la compostura nuevamente.
-Mis dos hijos, mi esposo, muertos en un atentado siendo inocentes. – Decía la mujer, casi sin poder pronunciar palabras sin que las lágrimas resbalen y se le entrecorte la voz-.   ¿Por qué tuve está suerte? ¿Por qué yo y no mi familia? Mi vida por la de ellos – continuó la mujer, mirando el agujero del techo como recriminando al cielo-. Tú… tú… – señalaba con su dedo índice al cielo- tú no existes ¡no existes! – Y un nuevo ataque de ira se materializo.

Eva fue empujada por la mujer, que se jalaba el cabello tan fuerte que los pequeños mechones que le quedaban caían al suelo y a la cama con violencia. Se removía en la cama, pateaba a donde pudiera, no importaba si era la pared, la cama o a Eva. La mujer iba descargando su cólera a la vez que gritaba “¡Tú no existes!”. No quedaba otro remedio que el que Eva, sin querer ser cruel, tendría que usar para calmar a la mujer. Tomó el poco de agua que tenía en una tetera de la mañana y se la arrojó directamente a la cara. La mujer quedó paralizada y se tranquilizó a la fuerza. Eva le pidió perdón nuevamente, le dijo que no era su intención, pero debía hacer algo para sosegarla, la mujer también le ofreció disculpas, le pedía que la entendiera, no habían pasado ni dos horas del accidente, y no entendía nada, le dolía la cabeza intensamente, pero mucho más le dolía el corazón, tanto que parecía que ese dolor espiritual se convertía en uno físico porque la mujer en su ataque de ira se había arañado sin darse cuenta el pecho hasta sacarse sangre.

-Es absurda la vida como la muerte –Hablaba Eva-. No sabemos para qué vivimos, mucho menos por qué morimos. Nada, ni nadie puede explicarnos este misterio. Es duro saber que la gente que amamos a muerto, y de una manera tan inhumana como te ha sucedido. Echarle la culpa a Dios, a un Dios, del que nadie en este mundo puede certificar su existencia toma sólo una forma de consuelo para tratar de entender las maldades del ser humano. Cuando enterré a mi marido un sacerdote se me acercó calladamente por la espalda, no había notado su presencia, ya que había botado a todos de mi casa. Parece que este hombre se había escondido de alguna forma entre algunos árboles y yo no lo había notado. Me tomó por los hombros y me dijo “No lleves en tu corazón ira, Dios tiene un plan para todos”. Recuerdo como su aliento rosaba mi nuca, y el tono de voz tan suave que usó. En mi reacción, en parte por el susto que supuso su aparición, y en parte por sus palabras, le di un certero codazo directamente en la boca y lo hice caer. Al ver su rostro desencajado le dije que nunca más volviera a tocarme y sobre todo, nunca más me vuelva a hablar de lo que nunca podrá entender ni justificar. El sacerdote se puso nervioso, pero se levantó rápidamente y me dijo “No puede odiar a Dios por lo que le pasó a tu marido. Dios nos da libre albedrio tanto en lo bueno y en lo malo. Todos somos hijos de Dios y nos equivocamos.” Le juro que no pude soportar sus palabras, eran totalmente dolorosas para mí. Cómo es posible que alguien se salve y digan que es un milagro; cómo es posible que muera alguien y digan que no es culpa del que alaban o que justifiquen el dolor con un supuesto “plan” que nadie conoce. A diario nos hacemos tanto daño los humanos que queremos excusarnos con el demonio, con la tentación, con el castigo autoimpuesto, pero nunca somos nosotros los responsables de nuestros actos sino “una fuerza mayor que nos controla” y no somos capaces de responsabilizarnos por nuestros propios actos. –Eva no dejaba de dar vueltas en círculos mirando el piso y prosiguió -. Si le preguntará al mismo cura sobre el accidente de hoy y le preguntará ¿Por qué Dios no ha salvado a personas inocentes en ese vuelo, a niños, hombres y mujeres que viven su vida con tranquilidad? Me respondería algo como “A veces no entendemos por qué Dios hace las cosas como las hace, pero tenemos que tener fe que es por nuestro bien.” Cómo concebir que tal respuesta apacigüe el dolor de los familiares que esperaban la llegada de sus seres queridos y que en ese momento se estén enterando por la prensa internacional que todos esos seres humanos que forman parte de su vida están muertos. ¿Por qué usted es un milagro entre toda esa gente? ¿Por qué?
-Es verdad – Respondió la mujer-, soy un milagro o una situación incomprensible para ti y para mí que sabemos que yo soy la única sobreviviente de ese vuelo. Si ese cura al que se refiere se enterará de mí, entonces sería parte de un gran circo. Ahora me pongo a pensar que hace unas horas yo estaba con mi marido y mis dos hijos esperando en el aeropuerto nuestra salida, íbamos a una conferencia de tres días donde especialistas, que viajaban con nosotros, hablarían de sus investigaciones y aproximaciones que habían hecho por años sobre lo cerca que se encontraban de la cura para el SIDA. Después de esas conferencias el plan era, estar en la playa y disfrutar nuestras vacaciones con los pequeños… con mis pequeños… – Y empezó a llorar la mujer sin concluir lo que quería decir. Eva se acercó y le susurro en el oído “Por qué rezar”

*

La mujer cayó rendida, un milagro como este era inédito, sus fuerzas estaban agotadas y el sueño se la llevaba. Eva la dejó descansar, mientras iba al río por más agua para limpiar las heridas de la mujer y además arreglar su casa. Al volver, vio que se acercaban dos Jeeps con soldados con un uniforme muy parecido a los que habían revisado anteriormente su casa y rededores. Un soldado le movió la mano en señal de que no entre en su casa. Eva no entendió por qué mandaban más gente a su casa si ya todo se lo habían llevado. El soldado que se le acercó se identificó y le comentó que necesitaban ver su casa para saber dónde fue que cayeron los cuerpos. Eva confundida le explicó al soldado que hace no más de dos horas unos soldados parecidos a ellos, pero con pasamontañas, ya se habían llevado todo y recogido los pedazos del avión. El soldado le dijo a Eva que ellos recién tenían órdenes desde el cuartel para ir a su casa, así como estaban yendo a otras casas cercanas donde se encontraron pedazos de miembros de las víctimas del atentado. Rápidamente el mismo soldado entendió que el grupo terrorista al que se culpaba en la prensa, según las investigaciones veloces que habían hecho se encontraban detrás. Sin revisar nada y despidiéndose a la volada el soldado le pidió a Eva que le diga la dirección en la que se fueron aquellos “soldados”, ella señalo el norte hacía donde enrumbaron a toda prisa los soldados del estado. Uno de ellos dejó caer un periódico vespertino que recogió Eva para revisar la información que se manejaba del accidente.

“El avión de la aerolínea Mal… fue derribado por un misil terrorista. El misil que derrumbo el vuelo MH… fue lanzado por huestes terroristas con el objetivo de desaparecer el avión presidencial del estado enemigo que surcaba el cielo al mismo tiempo que el de aerolíneas Mal… A bordo del avión iban figuras científicas reconocidas en el mundo entero por sus aportes en pos de buscar la cura para el SIDA. Lamentablemente las 298 víctimas, entre los que se encontraban unos 18 niños –aún sin confirmar la cantidad-, murieron con el impacto. Pobladores del territorio donde explotó la aeronave, vivieron un infierno al ver el fuego en el cielo y los cuerpos despedazados regados por todo el lugar.” Impactada por la noticia, Eva no sabía si darle los detalles a la mujer. Estaba confundida, la mujer que estaba herida en su casa era parte de ese vuelo y se salvó, cuántas posibilidades habría que sus familiares u otros pasajeros también se salvaran. No pudo detener su andar mientras pensaba esto. Abrió la puerta, y Eva espero encontrar a la mujer durmiendo, no sé preocupó de esconder el diario, Eva sabía bien que aquella mujer tenía derecho de saber la verdad y no tenía ningún motivo para ocultársela; saber que tu familia ha muerto de una manera tan horrorosa como injusta era lo más agobiante que en vida le podría pasar a cualquier: ser asesinado sin tener culpa de algo.

-No puedo cerrar los ojos, debo tenerlos tan hinchados que los parpados no se atreven a juntarse- Susurró la mujer, apenas vio a Eva en el umbral de la puerta. Eva pasó silenciosamente, sin darle mucho importancia al comentario de la mujer, se sentó a su lado y le extendió el periódico y le dijo: Te lo muestro porque quiero entender aunque sea en lo más mínimo por lo que estás pasando. Tiene derecho a saber lo ocurrido. – La mujer movió la cabeza asintiendo suavemente y a la vez tomando el periódico y leyendo sólo el titular “El avión de la aerolínea Mal… fue derribado por un misil terrorista”. Las últimas dos palabras se quedaron retumbando en su cabeza como el sonido de la propia explosión de la catástrofe; “Misil” “Terrorista”.

-Por favor léelo por mí, mis ojos no quieren ver más – Pronunció la mujer y calló para escuchar. Luego que Eva le leyera el avance de la noticia, se quedó callada examinando el rostro de la mujer. Aquellos ojos que habían llorado todo lo que una vida infeliz puede llorar años, se habían gastado en un par de horas. Era como si toda la mujer estuviera seca, como si el agua en su cuerpo se hubiera evaporado con esa ligera exhalación que realizó.

-No creo poder entender tu dolor –Dijo Eva a la mujer-. No creo jamás que otra persona en este mundo pueda sentir el mismo dolor que estás sintiendo ahora. No entiendes el “milagro”, no entiendes la vida, no entiendes al humano, no lo entiendes y yo tampoco. Cómo alguien puede matar gente inocente, cómo puede decir que es por defender sus ideales, cómo puede atreverse a pelear por una supuesta verdad si todo lo que hace es crear y fomentar la violencia. Cómo podemos ser los humanos tan indiferentes con la vida de otros. Qué hemos hecho… Qué hemos hecho… Desde que nos conciben venimos a sufrir, estamos predestinados a esto, a sentir dolor, angustia, odio, pero también amor. Para qué quiere amor, si todo lo que es humano está generado con rencor. Cuando mataron a mi marido tan cruelmente, no quise saber nada de la gente, que andaba a mí alrededor, mucho menos de los testigos, jueces o policías, esos que son parte de todo y nada, hasta que les pasa a ellos mismos. Aquel día mi marido llegaba tarde, de una cena a la que yo no quise asistir porque tenía unos meses de embarazo y me sentía mareada. El me insistió que se podía quedar a cuidarme, pero yo me empecine que debía ir a divertirse, que esa fiesta era organizada por sus amigos para celebrar al bebe. Después de mucho rato salió diciéndome que regresaría rápido que quería estar junto a mí todo el tiempo posible. Al regresar a la fiesta a unos kilómetros de esta casa, unos matones lo venían persiguiendo, lo sujetaron los tres, uno por el cuello y los otros dos cada brazo. Lo tumbaron al suelo y lo apuñalaron. Pude oír sus gritos de auxilio, salí como pude y encontré que los asesinos corrían lejos y que los testigos se acercaban al verlo sangrar en el suelo, sin hacer más que eso: mirar. Para cuando llegué a él, ya estaba muerto, su cuerpo frio, tan frio como me dejó mí corazón hasta hoy. Muerto como mi bebe. Aquella gente que estaba viéndonos en el piso decía que los asesinos eran matones a sueldo, que los había contratado el anterior alcalde porque mi esposo le suponía una traba a su postulación. Todos lo querían, aunque yo no era muy popular entre ellos, mi marido los conocía a todos, todos los saludaban y le daban la mano; lo querían. Nunca supe si él quiso alguna vez ser alcalde, nunca me dijo nada de eso, para él yo era su mundo y para mí, él era el mío. Sentí tanta impotencia en ese momento, para mí aquellos testigos eran cómplices, los más viles cómplices, los peores, ¡Los maldigo mil veces por no hacer nada! –Gritó Eva mirando el techo – Los maldigo a ellos y a toda esa gente que mata a un inocente, que mata por querer vivir mejor que otros, por demostrar que es más fuerte, por querer ser adorado y ser el centro del mundo. Los odio por creer que la vida es pasar por encima de otros humillándolos, sacrificándolos para dejarles libre el camino al éxito, al dinero. Siempre fuimos humildes, sencillos y hasta esto provoca envidia. Pero ahora entiendo bien… Somos humanos.

La mujer miraba a Eva, exhorta en el dolor de ésta. Sentía un cúmulo de sentimientos en el corazón que le oprimía el pecho. Ya no era sólo su familia lo que había perdido en el vuelo, en el atentado, era todo, todo este mundo que la rodeaba que no tenía sentido, estos seres humanos llenos de odio… de rencor… de miedos de un amor libre… Este mundo donde nadie puede nacer para conseguir paz. Donde la paz es cuestión de muerte y la muerte es cuestión de todos. Y así esta mujer cerró sus ojos para siempre.

Yadir G.
Del 28 al 31 de Julio 2014

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Un comentario en “La paz es cuestión de muerte

  1. Es un buen material y una humana descripción de que,como los seres que nos llamamos inteligentes, podemos ser auto-destructivos sin un motivo que lo justifique.La reflexión ante estas circunstancias quedo desechada y por el contrario ha dado lugar a presencia de espectadores, que como buitres esperan el posible final.

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