Lima-Cartagena, Cartagena-Lima: Comparaciones irreversibles

Cartagena de Indias, desde el convento de la virgen de la Candelaria

Cartagena de Indias, desde el convento de la virgen de la Candelaria

Advertencia: Este no es un artículo turístico, es un artículo social.

Short, sandalias y Bividí

El calor es abrumador en Cartagena de Indias, parece que uno estuviera en un sauna con traje de astronauta y además adobado con un cubrecama de pura lana. A pesar de estar en short, sandalias y bividí parece que los poros de la piel se hubieran encaprichado facinerosamente contra nosotros. Se puede ver a la gente andar con ropa muy ligera; las mujeres con minifaldas, polos a tiras y grandes sombreros de paja; los hombres, con short estilo pescador, con las camisas abiertas, o en muchos casos con el dorso descubierto, ambos tienen por ley llevar lentes para sol.

Regateo al roche

Desde la llegada, la guía turística que jugó con su apellido, diciendo que era una posible pariente del difunto presidente Chávez, se encargó de darnos algunas sugerencias para tomar en cuenta durante nuestros días en esta parte de Colombia. Entre una de ellas estaba el regateo con los ambulantes, Chávez nos dijo que los vendedores ambulantes abundaban y cual mosquito esnifando la piel dulce se nos iban a acercar a vendernos todo tipo de productos artesanales, típicos de la zona y del país. Siendo peruanos está más que claro que sabemos cómo lidiar con este tipo de circunstancias, pero nunca me imaginé que el regateo fuera tan manejable, hasta diría, tan humillante – para los ambulantes-. En nuestro paseo al convento de la Señora de la Candelaria nos abordaron los venderos de recuerdos. A sugerencia de la guía que nos llevó ahí, -que no era Chávez-, no debíamos comprar nada entrando al convento, sino saliendo, si es fuera el caso de querernos llevar algo de recuerdo. De mi grupo fui el único que se atrevió a testear a los ambulantes, un par de maracas Colombianas costaban 50,000 pesos, lo que podría equivaler a unos 50 soles (1000 pesos = 1 Sol). Al instante rechacé el precio del ambulante, por lo que me lanzó una contraoferta; “amigo, 30,000 pesitos y llévate este tamborcito.”. ¿Los dos por 30,000 pesos? Ya era una buena oferta ¿no? Sin embargo, algo me decía que podíamos ir más lejos – a pesar de que no las iba a comprar de todas maneras. Mi presupuesto era reducido-. Le dije, “No, gracias” y me encamine al bus que mis amigos ya habían abordado y que nos llevaría a nuestro próximo destino. El ambulante siguió insistiendo que su oferta, era una “súper oferta”, pero yo me seguía negando. Entonces dijo “Ya amiguito, mira, 20,000 pesitos, llévate los dos”. Era tentador, pero ya sabemos que no iba a comprarlos de todas maneras. Subí al carro, y el vendedor me siguió acosando – Ahora entiendo qué es que alguien te acosé y no entienda cuando le digas “No”-. Tocó mi ventana, y estiro sus dos manos abiertas, mostrándome sus diez dedos, “10,000 pesos”. Le moví la cabeza denotando mi negativa y se fue, seguramente esperando a otra persona para regatear, para tirarse al suelo. Antes de que me cruzara con este señor, oía que unos gringous habían comprado las marcas en la primera oferta (50,000 pesos).

Buseta Colombiana

Buseta Colombiana

¡Taxi! ¿Cuánto hasta…?

De regreso a la ciudad, entramos por callecitas que se asemejan a las nuestras, estrechas como quintas, pintarrajeadas con aerosol, señoras caminando llevando fruta sobre sus cabezas, niños haciendo la tarea en la puerta de sus casas, señores en cantinas, algunos durmiendo bajo la sombra de algún árbol a las afueras de sus talleres de mecánica. Nos topamos con el tráfico.

Pude preguntarle a un taxista sobre el transporte público, me enteré que éstos tienen por nombre “Busetas” y que tienen un precio establecido para cualquier parte de ciudad, 1,500 pesos a donde quiera ir. En este transporte no hay gente parada, cada línea tiene un color específico según su ruta, no hay propagandas de la cartelera del cine, se pueden leer los tres distritos por donde pasan a lo largo de la fachada del carro, pero por supuesto, la gran mayoría tiene sus calcomanías de Bug Bunny u otros dibujos. Sobre los paraderos, no hay gran cambio; la gente bajaba en las esquinas o semáforos. Es lamentable que no me haya podido subir a una de estas busetas, sin embargo el conocimiento sobre el transporte público más amplio que tengo de Cartagena de Indias son los taxis.

La primera que llamé a un taxi, estiré la mano y el conductor se detuvo. Tuve la errónea idea de llevar la idiosincrasia limeña, o mejor dicho, peruana a Colombia. Me asomé a la ventanilla y le pregunté al chofer cuánto me cobraba por ir hasta el Reloj Público (Es una de las puertas al centro histórico de la ciudad), éste me miró con extrañeza cómo preguntándose a qué me refería preguntando la tarifa de la carrera, hasta que mis amigos, que en otra oportunidad ya habían estado ahí se reían de mí. En Cartagena –y asumo que en Colombia-, no sé pregunta a dónde quieres ir, sólo se sube y se le da la dirección, los precios son estándares que no varían y si hubiera la posibilidad de aumentar la tarifa sólo sería en raros casos cuando el servicio se contrate por la madrugada. Las carreras a partir de ese día y hasta el último día que estuvimos ahí, fueron de 6,000 pesos. Todos los conductores, o por lo menos la mayoría a los taxis donde nos subimos, por el calor, están acostumbrados a cerrar sus lunas y a tener el aire acondicionado al máximo, cosa que muchas veces atentaba contra mi salud, porque la dirección en la que salía el aire frio se dirigía directamente a mi garganta.

Hombres que no acosan, mujeres que seducen

En la calle es fácil mezclarse con la gente. De los colombianos el mundo conoce su café, su amabilidad y las mujeres bonitas. Más que el sabor de su delicioso café, -que tuve la suerte de probar en Juan Valdez (verdadero café no como la mierda de Starbucks)- o la amabilidad con la que cada persona en la calle, hotel o establecimiento que visitas, te trata, lo que abunda son las mujeres bellas. Ese lema con el que se publicita el país, “Colombia, el riesgo es que te quieras quedar”, es verídico. Por la calle andan mujeres hermosas, de bello rostro y de figuras envidiables, no sólo son un par contadas con los dedos de una mano, son tantas que se pierde la enumeración y se acaba con dolor de cuello. Podrán creer que es una exageración mía, sobre todo las peruanas, pero hay que ver para creer; yo era escéptico hasta que lo vi con mis propios ojos.

Lo trascendental a parte de su bella es la poca interacción que tienen los hombres con ellas. Eso de los silbidos, los piropos malintencionados, las miradas perturbadoras, la intención de manoseo, no existen, o por lo menos no pudimos notarlo en esta ciudad; algo que es asombroso para un limeño corriente como yo. Conversamos ampliamente sobre el tema deduciendo cosas, como que para los colombianos era tan común ver a tantas mujeres bellas y exuberantes que ya no les prestaban atención, era como ver un estándar, una fabricación en serie de la belleza. Si aquí lucecita, por tomar un ejemplo de colombiana, nos llama la atención por su figura, allá no sería más que una mujer del montón, sin ninguna gracia especial. Las mujeres que lean este artículo sentirán celos justificados y antipatía contra mí, pero no se puede ocultar una realidad. Más interesante aún es darse cuenta que estas mujeres, por educación no son nada pedantes, y uno puede acercarse con seguridad de que siempre encontrará amabilidad en su trato.

Desembarque del vuelo Cartagena-Lima

Después de esta breve visita a Colombia (una semana), me queda claro que hay muchos temas pendientes que los peruanos deberíamos tomarnos más en serio para evolucionar, para cambiar nuestras viejas costumbres tan arraigadas en nosotros como el tema del tráfico y el acoso en las calles, dos temas que siempre han estado presentes en nuestra sociedad y que hasta ahora no podemos cambiar, por más presión o castigo que se impongan.

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