La Estatua del huésped

Un monumento que pasó al olvido.

Por: José Arén Aclos

El Museo

Se abren las puertas del museo de pocos abriles y de muchos sueños. El salón de la exposición es simple, estrecho, con techos altos de arañas sucias. Aquí no hay piso de mármol, ni alfombra para reyes, ni tratos especiales por apellidos o edades. Este espacio cálido de variopinto dotes fue creado por héroes anónimos, su mérito yace en la esperanza con la que moldearon estas figuras de sólida fe, donde aún se pueden sentir sobre la superficie áspera que dejaron, los últimos retoques.

Sin duda el ambiente es blanco; aún así el terreno sigue conservando lúgubres formas en las sombras al final del pasadizo. Si caminamos en silencio podremos escuchar el eco de los sacrificios de la juventud, de los años que muchos prefieren ahorrarse en un camino de libertad lejos de responsabilidades.

A diestra y siniestra las esculturas nutren de color el pasadizo, que a cada metro avanzado se torna más sombrío y olvidado.

Nos dirigimos al último rincón del salón, ahí donde la soledad y las penas no se comparten, ahí donde se embriagan ensimismadas en su dolor, aisladas de la luz. Ahí vive y muere la estatua del Huésped. Tan rígida, insensible, taciturna, amarga, autosuficiente, con pedestal de oropel, se esconde en una vieja esquina sórdida donde nadie quiere llegar.

La Belle Époque del Huésped

No siempre su pedestal fue de oropel, en mejores tiempos fue de oro puro. Se desvalorizó, así como el inti, con el infortunio del cambio de siglo; los ojos de esta generación son muy distintos.

Llegó al museo en caja finísima y acolchada, en una temporada esplendorosa de verano, donde el sol quemaba, pero refrescaba el alma. Sus creadores eran viejos errantes, que recorrieron el sur del país buscando una estancia duradera.

El huésped, llegó en hombros a su nuevo hogar, entre celebraciones y expectativas; parecía el retrato de un santo en procesión que iba dejando a su paso el mensaje de paz para enderezar este mundo caótico.

Su figura fue cuidada con recelo y esmero. Pulida con los mejores paños de seda de la ciudad por recomendación de especialistas notables. El museo antes de la adquisición estaba desahuciado, perdía toda esperanza de tomar el timón y hacer sus últimas maniobras para esquivar la banca rota; sin fondos no hay cuidado, sin cuidado hay olvido.

Ver críticos de arte en el museo se hizo común. Estos llegaron alentados por las voces que se desperdigaban en la ciudad sobre la nueva beldad. Comparaban la obra con “el pensador” de Rodín por su imponente pose.

El Huésped, esta hecho de mármol, nació sentado cómodamente en un sillón del siglo donde los reyes eran la autoridad y su gobierno tirano. Su brazo derecho reposa en el descanso del sillón, mientras que la siniestra simula la postura del brazo estirado de  la Creación de Adán de Miguel Ángel, aunque aquí el Huésped no quiere ser Adán, ni espera la conexión de la vida. El brazo rígido y colérico señala un lejano horizonte y representa un gobierno que no titubea en dar órdenes.

De finos acabados, rostro delicado y simetría perfecta. De ceño fruncido y mirada firme, El Huésped parecía guardar un plan perverso para derrocar a las demás figuras, quería ser el único, el centro del universo, el adorado. Alrededor no existía nada más que él. Alardeaba de su belleza para animar a los artistas a crear réplicas y réplicas de él; como si multiplicados podrían crear un mundo mejor.

Pasada su “Belle Époque”, el escudriño violento de la crítica lo rotuló como una imagen decadente, anacrónica para esta generación que se levanta contra la hipertrofia del “yo” que expresa la obra. El público del museo se convirtió en selecto, no por exclusividad por apellidos nobles, sino por la falta de asistentes.

Nadie quería ver al Huésped, se habían hostigado de su expresión arrogante y altanera, además de que esta generación muere desnutrida por ausencia de cultura. No había mucho por hacer.

Se intentó de todo, reinauguraciones de la muestra, regalos especiales a los críticos de arte, incentivos a la prensa, etc. Todo se probó y nada resultó. Todas las figuras volvieron a sus posiciones originales y sorprendentemente no se había extinguido el brillo en ellas, conformaban aún una sola muestra, nunca se quebró el equilibro de ese círculo.

Pasaron los meses, años y ahora regresamos al principio de esta historia; a esa esquina sombría, alejada, donde yacía el Huésped enmohecido por el olvido.

Sin pena ni gloria

Nuestra visita no fue para celebrar el renacimiento del Huésped, ni para rendirle homenaje. Todos los presentes en este majestuoso salón, vestimos de luto. Periodistas, críticos y amantes del arte observamos incrédulos la patética escena. El destierro fue la sentencia de esta imagen banal, que amarillenta y resquebrajada fue a parar al muladar, a la beneficencia pública, que la utilizará como relleno de una vetusta plazuela vacía y contaminada con la indiferencia de la sociedad.

Chopin nos acompaña con su marcha fúnebre.

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