A diario, ignoro

Breve descripción de una percepción diaria sobre un medio de transporte donde nos miramos y nos ignoramos.

En esta cajita de metal de 2×2 sólo caben seis, pero esto pocos lo saben o a pocos le interesa. En este cuadrado tan reducido lleno de extraños, es difícil conseguir sociabilizar. La educación no hace acto de presencia ni por cortesía, no hay saludo, ni buenos días, ni buenas tardes, ni nada de buenas… o al menos asentamiento de cabezas, no hay nada, únicamente  la división de los espacios a ocupar.

Aquí vienen día a día como zombis desde las 6 am, hora laborable. Entran confiados, desesperanzados, exitosos, derrotados, legañosos, tímidos, sonámbulos, científicos, artistas,  religiosos, satánicos, locos, sanos,  sensuales, mamarrachos, intelectuales, niños, adultos, ancianos, abogados, delincuentes, policías,  ladrones,  asiáticos, americanos, cholos, indios, afros, entran todos, peruanos, salen todos, peruanos.

Ánimo inmutable; una carraspera sería un escandalo en esta situación.

El tiempo los tiene estresados, no dejan de mirar sus relojes grandes y brillantes, como maniáticos, no saben si los segundos serán suficientes para llegar a tiempo para marcar su horario de entrada. Muchos tendrán descuentos este mes.  Cuentan las horas vespertinas para fugar del aburrimiento, ahora marcan con total apuro su hora de salida, considerando que si dan vueltas más tiempo en las oficinas recibirán una aliciente adicional.

Nos acompaña un silencio sumamente incomodo. Se disparan las miradas vagas, sin rumbo concreto donde encallar. Estamos entre  las luces titilantes de cada estación, el piso movible sobre el que nos elevamos y las uñas que mordimos esta mañana. Reflejos se proyectan en esas cuatro paredes de metal. Uno que otro osado en medio de este estrecho lanza una leve mirada a su diestra, y sin pensarlo mucho también a su siniestra, tratando de entretener sus ansias hasta descender.

El calor insoportable del verano le da al varón excusa perfecta, pero carente de creatividad,  para dirigirse a alguna fémina presente. No es cosa rara, una que otra vez alguna señorita coqueta, bien maquillada con la confianza, dibuja una sonrisa picara en su rostro y sin más señal que esa, el lobo feroz aborda a caperucita con cautela.

Mudos 10 o 20 segundos de viaje, humores intensos,  silencio penitenciario. Guardan la compostura, sin decir nada.

Sólo entran seis aquí, pero a cada culminación del viaje cambian los personajes de esta escena, son otros, totalmente distintos, pero nadie se conoce, ni les interesa conocerse. Así pasan los días y hablan en los periódicos de inclusión social, ¿social? ¿sociabilizar? Si ni siquiera en un ascensor por educación nos podemos saludar. Un pequeño ejercicio para la sociedad.

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