Crónica de Villa María del Triunfo

Niños jugando al borde del abismo, largas escaleras amarillas, montículos de tierra, casa a medio terminar, mototaxis, perros por doquier; es el distrito de Villa María del triunfo que hoy tuve la oportunidad de conocer.

Llegamos al lugar, un asentamiento humano en el cerro, a las 11 de la mañana donde el sol intensamente amarillo comienza a calentar con más fuerza. Sin protectores solares, algunos con anteojos (yo no) y gorros cubriéndose del cáncer, caminamos sobre tierra inestable, que funge de sendero al lugar donde debemos desembarcar. El automóvil que nos transporta sufre, refunfuña en la subida, nos piden que descendamos y andemos por lo poco que falta para llegar al primer destino.  Hecho una mirada alrededor desde la cumbre y me siento un búho, un águila o halcón mirando a su presa desde lo más alto de esta selva de concreto.

El paisaje es hermosamente urbano, apretujado, disparejo por donde pase el ojo. Casitas pequeñas y grandes, hechas con pasión, esperanza, sudor y mucha constancia por su espíritu emprendedor. Gallos y gallinas, conviven con perros y gatos; cada uno respeta su espacio.

Los vecinos no se sorprenden mucho de nuestra presencia. Parece que conocen a los extraños, no se esconden, siempre están alegres de ayudarnos. Se siente un amor, un respeto que dejo destilar en mi sonrisa amigable. Me siento bien, en familia, como debe ser la vida en comunidad. Los perros nos miran con desconfianza, pero hasta ahora sólo nos miran gracias a Dios.

Subimos esas escaleras recientemente construidas para aligerar el pesado camino. El cansancio de subir hasta la punta del cerro. Hacia donde vamos viven familias humildes, no por fachadas de viviendas, sino por su amable corazón, que ríe, juega y bailan con despreocupación.

Paseo tocando puertas a los vecinos de la comunidad, siendo yo mismo, dándoles a entender que me siento parte de su hogar, porque alguna vez viví como ellos y aprendí a querer el verdadero hogar: la familia. Veo un pequeño niño desnudo, con algún síndrome que lo hace diferente de los otros.  Se baña él mismo desnudo en la intemperie, en pleno sol. Madres jóvenes nos reciben desconfiadas, unas cuantas palabras las hace entender nuestra labor y acceden a prestarnos su ayuda.

Es curioso ver revolotear a los niños cerca del precipicio, donde la tierra no es nada segura y por cada movimiento de un pequeño hay un deslizamiento bajo sus pies. Mi compañera es madre y conoce muy bien de estos menesteres. Los mira con atención y les grita agitada por la preocupación, que no deberían jugar por allí, “es peligroso”, pero ellos ni la escuchan. Le digo que ellos viven aquí, saben por donde se mueven y comprenden cual es su límite, le digo: déjalos, ellos saben.

Al lado opuesto, visitamos otro asentamiento humano, donde las son de dos o tres pisos. Los vecinos están superando sus expectativas de vida, pero su problema es la seguridad ciudadana. No se puede vivir con tranquilidad, si a tu espalda roban, a tu derecha matan, arriba se drogan y alcoholizan, y al frente las pandillas intimidan con sus grescas en la avenida.

En este lugar un vecino y su esposa, nos explican todos sus problemas, y nos remite que sus casas son de tres o dos pisos, porque hubo facilidades de préstamos en los primeros años de invasión. Hoy cuentan con titulo propio, por lo que pueden levantar sus casas tan grandes como sus anhelos.

Caminamos un poco por la arena entre casitas sencillas. Encontramos a una señora sentada en la puerta de su casa. Ella, que con su única primaria completa como grado de instrucción educativa, ayuda a su hija menor a hacer sus tareas. Tiene un limite, lo sabe, sólo puede ayudarle hasta donde le permite su escueta enseñanza, cruzada esta línea delgada, la pequeña tendrá que valerse por si misma.

La señora es un pan de Dios. Nos abre la puerta de su casa y nos ayuda a contactar más gente para cumplir nuestra misión. Conocemos a su hijo (17 años), un chico atlético, que gusta del deporte y que lamentablemente tiene que estudiar en escuela nocturna debido a la operación que le realizaron hace unos años atrás a su madre, a causa de una hernia en la espalda. “El dinero de sus estudios sirvió para operarme. Es que no tenemos plata, joven”, me dice la señora descontenta, pero sin perder su sonrisa cálida. Ella aún sigue en desacuerdo con su esposo acerca de su vida en lima, de su vida en un cerro. Desde que su esposo y ella vinieron a vivir aquí, ella quiere regresarse a su natal Arequipa, donde al menos tenía su “casita” y estaba tranquila, según nos cuenta.

Casi termina el día. Las madres esperan a los hijos y esposos que regresen de la jornada que los capacita para vivir mejor.

Parece que hemos estado bastante tiempo por aquí, porque desde la cima de estos cerros veo un hermoso ocaso multicolor que nunca olvidare.

Ahora conozco algo de ti, Villa María del Triunfo.

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